Como parte del estudio longitudinal más largo de la historia sobre el desarrollo adulto, el Harvard Study of Adult Development, se han llevado a cabo multitud de investigaciones en las cohortes que han formado parte del proyecto desde los años 30. Una de esas investigaciones ha supuesto examinar si, y cómo, las experiencias traumáticas y violentas de la infancia influyen en la somatización en la vida adulta y el rol que diferentes estilos de vínculos establecidos por cada persona tiene en esa somatización. Los resultados de ese estudio se publicaron en un artículo científico [Mapping the Road From Childhood Trauma to Adult Somatization: The Role of Attachment] en la revista Psychosomatic Medicine, con autorías del director del Harvard Study of Adult Development, Robert  J. Waldinger y otro personal investigador del centro.

El equipo partió de estudios previos que ya han demostrado que las historias de la infancia que suponen traumas en las relaciones interpersonales, como el abuso sexual, el maltrato físico, el maltrato emocional y la negligencia, se han relacionado con somatización en la vida adulta. Pero los mecanismos por los que ese link ocurre no se han estudiado en profundidad. Una hipótesis de investigación previa es que las experiencias relacionales violentas en la infancia conducen al desarrollo de modelos de establecimiento de vínculos de tipo inseguro, y que esos vínculos inseguros, a su vez, hacen que los adultos sean más vulnerables a la somatización. De este modo, Waldinger y colaboradores/as, estudiaron -con una muestra de una comunidad no clínica- precisamente el papel de un tipo de vinculación, la insegura, en la somatización en casos de personas con infancias con experiencias violentas físicas y/o psicológicas en sus relaciones. Se controlaron factores como sufrir depresión o ser víctima de violencia de género en la actualidad, que podían afectar los resultados.

Esos estilos de vinculación insegura resultado de experiencias relacionales violentas en la infancia son de tres tipos: 1) estilo de vinculación de negación (no había respuesta por parte de los cuidadores y la persona pasa a  ser autosuficiente porque entiende que no puede contar con otros); 2) estilo de vinculación de preocupación (cuidadores que no respondían de forma continua a las necesidades del niño o niña, que produce el desarrollo de una imagen negativa de uno/a mismo/a como ‘alguien a quien no querer’, pensando más tarde que los demás pueden dar apoyo pero no siempre quieren. Se vuelven muy vigilantes y muy dependientes de los apoyos de los demás para sentirse seguros/as); 3) estilo de vinculación miedoso (se rechazan las experiencias con los cuidadores, desarrollando imágenes negativas tanto de uno/a mismo/a como de los demás. Ansían relaciones muy cercanas, pero tienen miedo al rechazo, vacilando así entre acercarse y alejarse en su relación con otros).  

Los resultados indicaron que esas experiencias infantiles dieron forma a los estilos de esas personas de relacionarse con otras en momentos de necesidad y que esos estilos relacionales inseguros, a su vez, influencian el proceso de somatización y cómo estas personas se relacionan con quienes les ayudan.

Este hallazgo es muy importante en términos de práctica clínica. Teniendo en cuenta estos estilos de vinculación se pueden ajustar las provisiones de salud para cada paciente de modo que sean más efectivas, aumentando la probabilidad de que los y las pacientes se comprometan con los proveedores de salud y otras personas que pueden ofrecerle cuidados, mejorando la respuesta a los tratamientos dirigidos a paliar y eliminar síntomas físicos. Nuevas líneas de investigación sobre el papel de la amistad y la comunidad en la transformación de esos estilos de vinculación insegura hacia otros, que sean saludables, resultan de enorme interés a la luz de otros resultados del propio Harvard Study of Adult Development.

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