Una revisión de la literatura científica realizada por Onarheim, Iversen y Bloom sobre los beneficios económicos de la inversión en la salud de las mujeres, muestra cómo, además de ser un tema de ética y derechos humanos, el impacto negativo de no invertir en dicha salud repercute en la economía y el entorno social de las mujeres.

 

Esta revisión de 171 investigaciones indica que, aunque la mayor parte de las enfermedades existentes afectan tanto a mujeres como a hombres, existen factores sociales y biológicos diferentes en ambas partes que hacen que haya diferentes riesgos y barreras para la atención médica. Uno de los ejemplos que se muestra es el hecho de que en el caso de los hombres el principal factor de enfermedad pulmonar es fumar y en el caso de las mujeres, la contaminación del aire en el hogar.

Las mujeres, aún teniendo una mortalidad más baja y una esperanza de vida mayor que los hombres, tienen una mayor posibilidad de morir siendo jóvenes y soportan una mayor carga de años de vida con discapacidad. A esto se añade las barreras que encuentran para encontrar atención médica y prevenir enfermedades, la discriminación de género, la falta de nivel educativo y la violencia de género, tal y como describe la OMS en su informe sobre la salud de la mujer.

Se destaca una de las persistentes desigualdades en la salud de la mujer a nivel mundial, que a su vez también está identificada con uno de los objetivos del milenio: la salud materna. El riesgo de mortalidad materna es 19 veces mayor en países en desarrollo que en los países desarrollados, una de las desigualdades más grandes de salud. Además, una mala salud de la mujer tiene profundas consecuencias en generaciones posteriores, con salud infantil, supervivencia neonatal, desarrollo cognitivo y rendimiento escolar menores, entre otras.

Diversas investigaciones muestran cómo la mejora de los servicios de salud reproductiva beneficia especialmente a las sociedades de países de ingresos bajos y medios, aumentando los ingresos ya activos en las mujeres, la supervivencia infantil, la escolarización y los índices de masa corporal. Estudios realizados en Sri Lanka y China también muestran cómo la reducción de la mortalidad materna tuvo que ver con una mayor inversión en la educación de las niñas y por lo tanto con la disminución del analfabetismo en mujeres. También un mejor estado nutricional de las mujeres incrementa la inscripción escolar tanto de niños, como de niñas (especialmente en las segundas), disminuyendo así la brecha de género educativa. Incluso cuando la mejora de los servicios de salud solo va dirigida a mujeres en edad reproductiva y a sus hijos e hijas, los resultados muestran que mejoran también los lugares donde estas viven y las personas mayores que viven con estas mujeres.

Además de las consecuencias en generaciones futuras, la mala salud de las mujeres incide en su participación en la fuerza laboral, la productividad, los ingresos (propios y familiares) y el bienestar general económico. Por lo que los efectos negativos de la poca inversión en salud de las mujeres (especialmente las que son pobres) tienen que ver con un peor desarrollo económico que perjudica a toda la sociedad.

Estas investigaciones y datos dan importantes argumentos para que tanto los resultados económicos como los de salud deban analizarse desde una perspectiva de género. La realidad actual es que el estado mundial de la salud de las mujeres no alcanza su potencial necesario para la mejora de su vida y de su entorno. Por ello esta revisión pretende mostrar la importancia de invertir en salud de las mujeres si queremos a su vez mejorar la economía y los niveles de pobreza generales.

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