El pasado 3 de septiembre una joven acudió a la comisaría de policía madrileña de Arganzuela a denunciar el robo de su móvil, cuando encontró algo que la dejó peor de lo que ya se sentía.

La chica esperó su turno para ser atendida cuando un agente de la Oficina de Atención al Ciudadano se acercó a ella para prestarle su ayuda y consolarla, pues, según informa ABC, la chica se encontraba nerviosa por el hurto de su dispositivo móvil. Pero, en lugar de consolarla y ayudarla, el tipo se la llevó a un lugar más íntimo y realizó tocamientos y acercamientos no deseados por parte de la chica. La joven salió corriendo de la comisaría para volver cinco horas después, hacia las seis de la tarde, junto a sus familiares y una amiga, para realizar una denuncia sobre el comportamiento del policía, que incluyó abusos sobre la chica.

La Unidad de Familia y Mujer (UFAM) del Cuerpo Nacional de Policía inició una investigación y el agente fue detenido por sus mismos compañeros, abriéndole así un expediente disciplinario. El pasado viernes 19 se informó que, tras pasar a disposición judicial, el agente seguirá activo hasta que se resuelva la sentencia.

Sin embargo, cabe destacar la importancia del papel de las y los agentes en los cuerpos policiales. Según la norma, una persona que acude a una comisaría debería explicar su relato al o a la agente que la atiende, pues no tiene la obligación de explicarlo a todo el mundo del cuerpo policial. El o la agente que la atienda debe asegurar confidencialidad y protección. Pero… ¿cómo asegurar protección y confidencialidad cuando es el mismo agente el que agrede y/o abusa de la persona denunciante? En este caso, debo recordar las palabras de Blas Ortuño, que trabaja en el sector policial, cuando hablaba en una mesa redonda sobre el papel de la policía en la prevención de la violencia de género; y es que urge una formación específica sobre violencia de género en el cuerpo policial.

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