La revista Science publicaba Reducing food’s environmental impacts through producers and consumers [Reducir los impactos ambientales de los alimentos a través de productores/as y consumidores/as], el trabajo de un equipo investigador de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y Agroscope, la División de Investigación de Agroecología y Medio Ambiente en Suiza, que ha analizado 570 estudios ya publicados sobre qué implica producir un alimento. Para ello, han ampliado su observación en base a indicadores como el uso del suelo, la emisión de gases de efecto invernadero, el abastecimiento local de agua, la acidificación y la eutrofización. ¿El objetivo de este análisis? Concienciarnos sobre el enorme poder que tenemos a la hora de decidir qué comprar y cómo, entre todos y todas, podríamos cambiar el mundo.

Pero para ello hay que saber de qué hablamos. ¿Qué implica producir un alimento? Podríamos empezar por la deforestación para usos agrícolas, el uso de fertilizantes y pesticidas, para acabar por lo anteriormente mencionado del embalaje, transporte y residuos. Para la producción de alimentos se utiliza un 43% de las tierras aptas para ello, se genera una cuarta parte de emisiones de efecto invernadero y se provoca hasta un 95% de riesgo de falta de agua.

Según las recomendaciones del artículo se ha de ser consciente de los siguientos datos.

Primero, ser conscientes de qué implica la producción de alimentos. ¿Por qué? Dependiendo del productor, una taza de café puede ir de la mano de la emisión de 80 gramos de CO2 (dióxido de carbono) o de 1,3 kg de CO2; la emisión de metano de los estanques de acuicultura de agua dulce puede variar de 0 a 450 g de metano por kg de peso vivo. Producir solo el 5% de las calorías alimentarias del mundo crea aproximadamente un 40% de la carga ambiental.

Segundo, ser conscientes de dónde provienen los alimentos que compramos. ¿Por qué? Dependiendo del país de origen de la producción, los impactos pueden variar. En países con aguas más calientes se llegan a emitir más cantidades de metano; la palma producida en Indonesia tiene menos impactos negativos que la de Nigeria, gracias a la existencia de menos plagas.

Tercero, ser conscientes de los costes de producir bienes animales o vegetales. Los provenientes de origen animal necesitan más del 80% de las tierras agrícolas mundiales, provocan un 58% de las emisiones y únicamente proporcionan el 37% de las proteínas y el 18% de las calorías que ingerimos. Una desproporción evidente.

Cuarto, ser consciente de que las emisiones originadas por producir alimentos de origen animal se reducirían hasta un 73% si consumiéramos únicamente vegetales. Dado que este cambio tan drástico podría generar polémicas y que el análisis llevado a cabo no es una alegoría al vegetarianismo, también se ofrecen alternativas aptas para todo el mundo: reduciendo al 50% el consumo de alimentos de origen animal y evitando los productos más contaminantes, también podríamos alcanzar la misma reducción del 73%.

Quinto, ser conscientes que la ciudadanía tiene mucho poder y puede influir en políticas que jueguen a favor de incentivar el consumo sostenible. Escoger únicamente los productos con etiquetado medioambiental podría ser el primer paso para el cambio. También, optar por productos con menos envoltorios.

Para empezar a cuidar el planeta y nuestro mañana, ser conscientes como consumidores de este top 5 podría dar inicio a otras mejoras. Si todos y todas empezamos a preguntar a nuestro proveedor habitual por el origen de los alimentos, generaríamos que también los establecimientos pidieran lo mismo a sus proveedores. Estos, a su vez, empezarían a hacer un seguimiento de sus impactos medioambientales y tomarían decisiones más acertadas.

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