Un reciente informe de la Agència de Salut Pública de Catalunya sobre el consumo de alcohol aporta datos poco halagüeños relativos a los adolescentes. A los 14 años de edad, ya son un 9% los que se han emborrachado durante el mes anterior a la encuesta, culminando en un 39% entre los que han cumplido los 18 años. En teoría, las bebidas espirituosas no pueden ser adquiridas por los menores de edad; en la práctica, se hallan a su alcance fácilmente.

El inconveniente reside en que el alcohol es una droga legal, bien vista cuando su consumo es moderado, publicitada en numerosas ocasiones. Entonces, pasarse de la raya puede parecer poca cosa, tan solo sucumbir a una mera tentación muy divertida. A partir de aquí, el problema reside en que no se explica que el alcohol es una droga dura que puede crear adicción. Debería explicarse, ya en la niñez, que su abuso conduce a la tolerancia, es decir, a la necesidad de beber cada vez más para experimentar la misma euforia que al principio; que lleva a la dependencia para sentirse bien.

De la adolescencia de pasa a la juventud, y de ahí a la madurez, con el resultado de que el 84% de las urgencias atendidas por el Sistema d’Emergències Mèdiques (SEM) catalán conciernen al consumo de alcohol. Es la droga más consumida, y no obstante, es la que crea menos alarma. Si bien el uso puede resultar gratificante, el abuso ha de ser reconocido, advertido y prevenido.

Uno de los errores a corregir es el cometido en los medios de comunicación cuando se refieren a los controles de los conductores realizados por la DGT. Se oye decir: pruebas de alcohol y drogas, cuando lo correcto es: alcohol y otras drogas. Tan solo el conocimiento permite tomar conciencia y obrar luego en consonancia.

Emborracharse a los 14 años de edad es un inicio fatídico, aunque pueda considerarse que se trata de una proporción baja entre todos los adolescentes. Empero, sabemos que el porcentaje aumenta con la edad, y con ello, el riesgo en la carretera y en otras muchas parcelas de la vida. El antedicho informe nos hace reflexionar, y nos conduce a exigir la erradicación tanto del llamado botellón como de la presencia de alcohol en las discotecas abiertas a menores de edad. A los poderes públicos les corresponde este trabajo, y su deber es realizarlo con eficacia.

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