Susana tuvo que dejar el doctorado y la universidad al no poder aguantar la actitud del catedrático que la había acosado en una tutoría, comenzando a decirle que era muy guapa mientras le tocaba la cabeza, las manos y la cara. Susana estaba en la recta final del doctorado, ya habían terminado las clases presenciales y le quedaba sólo entregar los dos trabajos de investigación final. Le había salido una gran oportunidad de cursar un máster en EE.UU. e iba a plantear al profesor la posibilidad de que las dos o tres tutorías que se requerían para el trabajo se pudieran hacer de forma virtual, por mail. Estaba nerviosa, pues no sabía si se lo permitiría. El catedrático se enfadó cuando se lo explicó, algo no le gustó y ocurrió el doloroso episodio. Susana se marchó y suspendió los dos trabajos de investigación. No se rindió y gracias a la escucha, ayuda y comprensión de compañeras y profesorado de la misma universidad, empezó después otro doctorado, lo terminó, hizo la tesis y hoy ya es doctora. 

No había imaginado que en la universidad le podía pasar algo así. No podía creer que alguien que se dedicaba a carreras vinculadas al ámbito social y humano pudiera hacerlo. Hablando con otras estudiantes de ese doctorado se dio cuenta que no era la única. Años después, mientras estaba haciendo la tesis en otra universidad, supo que habían nombrado responsable de igualdad de esa universidad a Roser, antigua maestra suya en su etapa de educación infantil. Entendía que Roser la quería mucho y, aunque ya no podía arreglar su situación, al menos la comprendería y la información sobre su caso la ayudaría a prevenir otros. La conversación fue muy bien, con mucha comprensión y cariño, salió muy animada y convencida de haber hecho algo muy positivo para otras chicas. Susana recuerda que pidió que no hiciera nada por ella, que tenía la suerte de estarlo superando. Incluso en un primer momento no quiso ni dar el nombre del catedrático, sin embargo, la responsable de igualdad se lo pidió y Susana decidió darlo, no para que hiciera nada por ella, sino con el fin de evitar que otras chicas pasaran por lo mismo.  

Pocas semanas después se llevó otra sorpresa todavía más desagradable. Roser había cambiado de postura y estaba participando en los ataques al profesorado que ayudaba a las víctimas, el mismo gracias al cual, como justamente Susana le había explicado, había logrado salir adelante. Eso le hizo mucho daño, No le había pedido que actuara en su favor, pero jamás pudo pensar que actuaría en contra del único “salvavidas” que había encontrado y que la había mantenido a flote.   

Poco a poco fue entendiendo lo que había pasado. Roser había sido nombrada Responsable de Igualdad por la confianza personal que el Rector tenía en ella y el Rector era amigo del catedrático denunciado como acosador sexual por el mayor número de víctimas. Roser priorizaba mantener el cargo a hacer la tarea que se suponía que había que llevar a cabo en ese cargo. Mientras tanto, el catedrático acosador de Susana seguía haciendo impunemente tutorías y quienes la habían apoyado seguían sufriendo acoso sexual de segundo grado  por parte de los acosadores.

Susana no volvió jamás a hablar con Roser, el recuerdo y el cariño de quien había sido su maestra en sus primeros años de vida se desvaneció por completo. Nunca se dejó abrumar por la tristeza, ni el desencanto. La amistad, la solidaridad y el apoyo que recibió contribuyó a que pudiera seguir creyendo en lo mejor de los seres humanos.

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