En la Biblia cristiana, en el Antiguo Testamento, se mencionan ni más ni menos que treinta y seis delitos merecedores de ser castigados con la muerte. Por ejemplo, la blasfemia, la idolatría, el adulterio, la pederastia, el incesto, la brujería, el asesinato, siendo los métodos mayormente aconsejados el fuego, la lapidación, el ahorcamiento o la decapitación. Con el paso de los milenios, han variado tanto la consideración de delito como los sistemas de castigo en vigor. En el conjunto de países cristianos, no existen como hechos punibles con la muerte ni la blasfemia ni la idolatría, ni el resto de transgresiones citadas con excepción del asesinato, y solo en algunos países.

Ha sido el actual pontífice el que acaba de dar un paso decisivo en favor de acabar para siempre con la pena máxima. Hasta ahora, la Iglesia contemplaba la pena de muerte como un castigo aplicable para crímenes muy graves. En adelante, la jerarquía católica trabajará decididamente “para abolirla en todo el mundo”, en palabras de Francisco.

Es evidente que la nueva postura de Roma influirá en el destierro definitivo de la pena capital, al menos en los países occidentales. Que la voz católica se sume a la voz laica de organizaciones activistas, como por ejemplo la veterana Amnistía Internacional, hará que crezca el número de Estados que la repudian. La senda hacia el respeto de la vida humana por parte de los poderes públicos se ha ido ensanchando de forma que en 2017 hubo el 40% menos de ejecuciones que dos años antes.

Los países sin pena de muerte ya son 170, apareciendo los adscritos a la religión musulmana como los más reacios a abandonar el crimen de Estado. A Pakistán, Irán Arabia Saudita e Iraq les corresponde el nefasto título de ser los que más encarcelados ejecutan. También el budismo permanece ajeno al respeto humano, siendo conocido que China es el país que más personas extermina, aunque se niegue a publicar las cifras.  

Estados Unidos, con buena parte de la opinión pública a favor de la pena capital, surge como la oveja negra en una civilización occidental que mayormente rechaza la muerte como castigo. Es así tanto por el hecho de reconocer los errores cometidos y los posibles, como por la repugnancia de arrogarse el derecho a matar legalmente.

 

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