Tal es el promedio en lo que va de año. Con 22 mujeres asesinadas desde el mes de enero, este 2018 resulta ser el más mortífero pese a todas las medidas tomadas por la Administración. Ni leyes y sentencias, ni teléfonos para denunciar o pedir ayuda, ni órdenes de alejamiento y supuesta vigilancia han impedido las muertes a manos de maridos o exmaridos, parejas o exparejas. Todas las mujeres están en peligro ante monstruos con mayor fuerza física, mayor agresividad y menor cerebro. Ocurre en pleno siglo XXI y en una sociedad avanzada. Nos horrorizan los crímenes contra mujeres cometidos en países asiáticos o africanos, sin embargo, el horror lo tenemos también entre nosotras.

El más reciente asesinato lo ha cometido en A Coruña un hombre que el pasado miércoles mató a su esposa gravemente enferma. ¿Cabría hacer distinciones entre motivos? ¿Celos, despecho, venganza, compasión ante el supuesto padecimiento de la víctima? Ante este último supuesto, juristas por un lado y psicólogos por otro serían aptos para dictaminar, aunque también sociológica y culturalmente podría intentarse un análisis.

No es la primera vez que se produce un crimen por parte de un hombre contra su mujer afectada de una enfermedad terminal, al parecer para liberarla de su sufrimiento. Podría ser aceptable que la intención fuera esta, pero, ¿no podría ser que quien realmente necesitara liberarse fuera el cuidador? Al ser humano lo atraviesan tantos sentimientos que es capaz de enmascarar ante los demás y ante sí mismo lo que en verdad le mueve. Y en este punto surge una interrogación ineludible. ¿Por qué hay hombres, más de uno, que asesinan a su mujer por supuesta compasión cuando no ocurre al revés, o apenas ocurre?

Quizás tenga que ver con el hecho de que culturalmente las mujeres están hechas a aguantar más, a cuidar con mayor resignación, a soportar todo hasta el último minuto. Sea como sea, lo cierto es que no existe la imagen social del crimen feminista. Por algo será.

Si quieres, puedes escribir tu aportación