Algunos equipos directivos de nuestras universidades y una parte de su profesorado han contribuido muy activamente a difundir anónimamente por las redes, e incluso en la prensa, comentarios sobre las vidas sexuales de las víctimas de acoso sexual que nos hemos atrevido a denunciar y sobre las de quienes se han atrevido a apoyarnos. Según criterios internacionales, la injerencia en la privacidad sexual de cualquier persona es violencia de género, cuando se hace a una víctima es también revictimización y cuando se hace a alguien que ayuda a la víctima es acoso sexual de segundo orden. En el caso que nos ocupa en este artículo, todo lo que se ha dicho es mentira, se ha inventado todo aquello que sirviera para generar más escándalo, más morbo y más audiencia. Pero, aunque hubieran dicho verdades, también sería injerencia en nuestras vidas sexuales y, por tanto, acoso. 

Esa injerencia de los acosadores ha sido tan intensa y continuada que ha creado un clima en el que han colaborado incluso muchas personas con buena intención. Muchas personas me han preguntado sin mi permiso si he tenido relaciones sexuales con mi director de tesis, en un contexto en que, si era así, se hubieran considerado probadas todas las calumnias que se decían del grupo de investigación que rompió el silencio sobre los acosos sexuales en nuestras universidades.

Una periodista me grabó una charla en la que una asistente me dijo que una amiga había rechazado propuestas de su director de tesis y me preguntó si eso era acoso. Pregunté si su “no” había tenido consecuencias académicas y dijo que sí; entonces contesté que sí es acoso.

Terminada la charla, la periodista me comentó que éramos muy duras ya que dos mayores de edad pueden tener relaciones cuando quieran. Yo contesté que sí, que lo que defendemos es la libertad, por eso estamos en contra de todo acoso como el hecho de que el profesor, en lugar de aceptar la negativa, había usado su poder académico para perjudicarla.

Cuando volvió a preguntarme si había tenido relaciones con mi director le contesté que no y que le respondía porque me caía bien, pero que no puede preguntar eso a ninguna mujer que no quiera que se lo pregunte y mucho menos a una víctima de acoso o a quien apoya a las víctimas. También le hice notar cómo otro efecto de esas injerencias es coaccionarnos para que no ejerzamos nuestra libertad. Ella defendía el derecho del citado profesor a insistir en quedar con su alumna y, sin embargo, consideraba una confirmación de los ataques de los acosadores que hubiéramos tenido relaciones mi director y yo. Ejercer esa libertad, en el supuesto de que lo hubiéramos deseado, hubiera sido aumentar de forma terrible los ataques a las víctimas y a nuestras familias.

Al mismo tiempo le hice notar que los acosadores basan sus ataques en que hacemos injerencia en las vidas sexuales de las personas y, sin embargo, no lo hemos hecho nunca. Mientras ellos no paran de hacerlo continuamente, como puede comprobar cualquiera en las calumnias anónimas por Internet y en la prensa amarilla, nadie puede encontrar ni un solo mensaje de injerencia nuestra, ni en sus vidas privadas ni en las de ninguna persona, y no puede encontrarse porque no existe.

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