G dio a los medios todo lujo de detalles sobre lo que había vivido como miembro del grupo de investigación, la manipulación psicológica, el control de su vida personal, la opresión en todos los sentidos que había sufrido dentro, las consecuencias muy negativas para su salud que le provocaron y que todavía tenía. Esas “informaciones” tenían un problema: que G nunca ha formado parte de ese grupo donde ni siquiera le conocen, ni sabían que existía hasta que periodistas a favor de los acosadores decidieron difundir sus calumnias.

DF tiene pruebas orales y escritas de que G es un impostor que se presenta a los medios de comunicación como ex miembro de ese centro de investigación, cuando nunca lo ha sido. Periodistas que difundieron su relato ya sabían que nunca fue investigador de ese grupo y que todo era 100% fake news. A estos periodistas no les interesaba la verdad, sino la búsqueda de audiencia a costa de provocar una revictimización de las víctimas y un acoso sexual de segundo grado contra quienes siempre las habían apoyado.

G fue uno de los acosadores más activos en las redes sociales contra el centro de investigación. Abrió en Twitter una cuenta anónima cuya única finalidad era atacar a las víctimas con las mismas calumnias que luego salieron en algunos medios. Twitter rectificó (anulando esa cuenta), pero todavía no han hecho lo mismo los medios que promovieron ese acoso, incluso una televisión y una radio públicas que acordaron con las víctimas la rectificación, todavía no lo han hecho. Fuentes consultadas por DF han podido comprobar que una investigación policial ha confirmado la pertenencia a G de la cuenta de Twitter acosadora y que ahora hay abierto un proceso judicial.

El acoso de G no se limitó a dar un testimonio falso a los medios. Tampoco le bastó con los tweets desde la cuenta anónima. Se dedicaba a llamar por teléfono y enviar correos electrónicos allí donde un investigador o una investigadora de ese centro diera una conferencia, un curso o presentara una comunicación. Pero aún fue más lejos. Se atrevió a difundir los ataques que acusaban de secta al centro de investigación entre el profesorado y las familias de una escuela donde algunas personas del grupo investigador tenían escolarizados a sus hijos e hijas.

Quienes realmente actúan contra la violencia machista no hacen tuits a favor de #Metoo mientras miran para otro lado delante de estas situaciones; esa es una hipocresía que favorece los acosos. Quienes no quieren colaborar ni activa ni pasivamente contra las agresiones sexuales se pronuncian públicamente a favor de las víctimas.

* Este artículo forma parte de Omertá en la Universidad, una serie de publicaciones que abordan la férrea ley del silencio que se ha generado en algunas universidades entorno al acoso sexual. 

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