P envió un artículo a una revista científica falsificando la muestra en que se basaba su contenido, la mayoría de los casos de la misma nunca había existido. DF ha podido contrastar fuentes orales y escritas que demuestran esa falsificación y que el mismo P la ha reconocido. Esta es una de las faltas más graves que se pueden cometer en la comunidad científica, que se basa en la confianza de que los datos que el investigador aporta son ciertos. Precisamente por esa razón, la comunidad científica pierde toda su confianza cuando alguien falsifica esos datos y se descubre, lo cual en la sociedad actual de la información casi siempre acaba ocurriendo. P podía haber rectificado y reconocido públicamente su error y comprometido a no volverlo a hacer.

Como ni reconociendo la verdad mostró la más mínima autocrítica, ni voluntad de no volver a hacerlo, su grupo de investigación tuvo que expulsarlo. Desde ese mismo momento, el objetivo principal de P fue calumniar a ese grupo creyendo equivocadamente que así podía destruirlo, evitando así el testimonio de sus falsificaciones. Sabía que solo no podía lograrlo y por eso buscó ayuda en el lobby de acosadores sexuales de la Universidad que estaban preparando un linchamiento público contra ese grupo por haber sido el que rompió el silencio sobre la violencia machista en nuestras universidades. Ese lobby se había coaligado con  periodistas que buscaban el éxito fácil con noticias que sabían que eran mentiras, pero que generaban un morbo que esperaban que les dieran mucha audiencia.

No era ésta la primera actuación de P en contra de los valores éticos consensuados en las sociedades democráticas y en la comunidad científica. De hecho, dos veces más había actuado en contra de esos valores. Las dos veces se le había expulsado y él había reaccionado  comprometiéndose a no volver a hacerlo y pidiendo por favor continuar en el grupo. Sin embargo, cuando falsificó la muestra y se le expulsó definitivamente, se amparó en el anonimato y, en coalición con periodistas que sabían por qué mentía, difundió a través de los medios que nunca se le había dejado marchar del grupo, justo lo contrario a la realidad.

* Este artículo forma parte de Omertá en la Universidad, una serie de publicaciones que abordan la férrea ley del silencio que se ha generado en algunas universidades entorno al acoso sexual. 

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