Vivimos un momento en el que la solidaridad está jugando un papel crucial para visibilizar y superar graves problemas sociales, de ahí la importancia de que los centros educativos sean una oportunidad para fomentar la solidaridad y, especialmente, la solidaridad entre las mujeres para la prevención de la violencia de género. 

La doctora Elena Duque, en su libro Aprendiendo para el amor o para la violencia, nos habla de la capacidad que tenemos las mujeres de establecer relaciones profundas de amistad con otras mujeres, basadas en la solidaridad. De esta manera, las mujeres se ayudan entre sí, realizan actividades juntas, hablan y son confidentes. Sin embargo, es la insolidaridad femenina la que a menudo se impone y se nos presenta como “lo natural”, se nos dice que somos así, malas, envidiosas, competitivas, insolidarias… Y la mujer se socializa con este tipo de interacciones, a las que contribuyen en gran medida los medios de comunicación. Este es otro punto relevante de la investigación de Elena Duque, la importancia que tienen las interacciones de las que nos rodeamos. Un grupo de mujeres o de chicas adolescentes que se refuerzan entre sí, se valoran y se protegen, tiene más posibilidades de lograr el éxito educativo, mejorar su autoestima, buscar relaciones más igualitarias y correr menos riesgo de sufrir violencia de género a lo largo de sus vidas.

Cada vez existen más escuelas e institutos que trabajamos con mayor incidencia una de las contribuciones científicas en la socialización preventiva de la violencia de género como es la solidaridad femenina. Es decir, impulsar la creación de relaciones basadas en la solidaridad a través de la apertura de espacios de diálogo en que, a partir de textos científicos sobre socialización preventiva de la violencia de género, o mediante tertulias literarias dialógicas, o simplemente a partir de noticias o películas, se reflexiona acerca de los temas de la actualidad que más preocupan a las jóvenes, ya sea la violencia, las relaciones, el amor u otros. A través de un trato igualitario a todas sus voces y poniéndolas en interacción con lo que actualmente dicen las evidencias científicas al respecto de una socialización libre de violencia, se vuelven más críticas y libres con aquello que les rodea y a la vez transforman sus contextos estableciendo redes de solidaridad que les permiten sentirse seguras. Las alumnas se empoderan, los diálogos se nutren de consejos sin posicionamientos de poder, de amistades sinceras, de consultas sobre muchos temas importantes para la vida, celebran sus éxitos y son un andamiaje para seguir avanzando, convirtiéndose así en mejores personas. Una adolescente comentaba:

Hemos hablado mucho este año de solidaridad femenina, antes nos criticábamos mucho, si se ha cortado o no el pelo, con quién se ha liado o dejado de liar…, desde que aprendí el significado de sororidad, que es la hermandad entre mujeres, es verdad que he notado en mí un cambio, ahora aunque a veces me vienen esos pensamientos, al menos no los digo, es algo que me cuesta, y lo tenemos que seguir trabajando, porque lo hemos hecho siempre y es complicado cambiarlo (…). Si nos centramos en hacernos daño, no conseguiremos nada, pero si gastamos las energías en ayudarnos y protegernos entre nosotras, todo cambiará.

En estos espacios las adolescentes se empoderan y tejen redes que las pueden acompañar, si quieren, toda la vida. Y así es como las mujeres, adolescentes o no, cuando nos rodeamos de entornos positivos y transformadores, nos hacemos más fuertes y forjamos una imagen positiva de nosotras mismas. La solidaridad no es nuestro fin, sino uno de los medios para lograr una sociedad más diversa, igualitaria y libre de violencia.

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