La reciente Encuesta Estudes sobre el uso de drogas por parte del alumnado de secundaria, además de mostrar cómo los programas preventivos apenas son eficaces, patentiza diferencias entre los sexos. Resulta que las estudiantes de entre 14 y 18 años, más que equipararse con sus compañeros los superan en el consumo de drogas como alcohol, tabaco o sedantes. Un comentario a flor de piel sería, ¡triste igualación de género, muchachas!…

Ellas beben más que ellos, fuman más y consumen más tranquilizantes. En este último renglón, las chicas exceden a los chicos en casi un 3%. Es posible que a más intranquilidad se dé mayor necesidad de fumar y de beber. Aunque también puede ser que el objetivo de ponerse al mismo nivel que el género masculino conduzca a adoptar conductas erróneas. Por lo demás, el panorama negativo que proporciona la mencionada Encuesta podría tomarse como un punto culminante en la evolución de las mujeres, niñas con anterioridad, en su propósito de acceder a las cotas masculinas. Razonamiento que entronca con la constatación de que se trata de una ruta unilateral, puesto que ellos no se proponen alcanzar ninguna cota estrictamente femenina. Ni en la infancia, ni en la adolescencia, ni en la edad adulta.

Entre los espacios en que resulta fácil comprobar lo antedicho se halla el patio de la escuela. Se celebra que las niñas jueguen a fútbol al igual que los niños, y sobre todo, que lo hagan con ellos. En cambio, no se conoce juego alguno de chicas al que ellos se hayan incorporado. Saltar a la comba, por ejemplo, ha desaparecido de las costumbres de las colegialas, quizás porque sus condiscípulos no lo encuentran atractivo.

La vida está hecha de detalles, y entre estos los hay de determinantes. No es una mera anécdota el hecho de que no exista una reciprocidad entre ellas y ellos, un encuentro a mitad de camino. Quizás sea este desequilibrio el que provoque intranquilidad, y la consecuente ansia de beber y fumar más que ellos.

Secciones: Al reverso portada

Si quieres, puedes escribir tu aportación