El problema de la alta tolerancia social hacia violencia de género tiene una importante raíz en la mitificación de los hombres que la ejercen.

Pablo Neruda es uno de los casos que me parece más sorprendente por lo público de sus actos sin que eso le haya llevado a ser censurado, por lo menos en lo que respecta al amor.

Neruda junto a su esposa Delia de Carril y Erich Honecker (Presidente de la Jefatura de Estado de la RDA) en 1951. Wikipedia

Él mismo, en su obra “Confieso que he vivido”, relata la violación a la persona que realizaba las tareas del hogar en su lugar de residencia. Al sexismo, se unía además una situación de jerarquía añadida a la desigualdad hacia la víctima, seguidamente una parte del relato explícito:

Una mañana, decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

A esta información totalmente pública, se añade el desprecio con el que habló de su hija, que nació con hidrocefalia y a la que calificó como hija ridícula y vampiresa de 3 quilos entre otros calificativos. Abandonó tanto a ella como a la madre incluso en situaciones de penuria económicas graves.

El ejemplo de Neruda es uno de muchos en los que, aun teniendo evidencias claras sobre actuaciones que no solo están alejadas del amor, si no que atentan contra el mismo y contra la dignidad e integridad de las propias mujeres, se sigue ensalzando y utilizando para lo que seguramente nunca Neruda supo sentir: el amor.

 

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