Así habló Zaratustra a Nietzsche exclamando, ¡Oh hermanos míos, lo que yo puedo amar en el hombre es que es un tránsito y un ocaso!… Y así me habló una abuela, en su ocaso, de sus males de desamor:

Los hijos hacen su vida, suele decirse, y los nietos también, a medida que van creciendo. Todos hacen su vida, demostrando que la madre o el padre, o ambos a la vez, que la abuela o el abuelo, o ambos a la vez, ya no forman parte de ella, de su vida. Olvidados quedan los cuidados, mimos, besos y abrazos. La ayuda y la entrega cuando nietas y nietos eran bebés, luego chiquitines, luego niñas y niños incapaces de ir solos a la escuela, a las mil actividades extraescolares. Lejos queda la alegría exuberante de los pequeños en viendo a la abuela, esta que ahora a mí se dirigía y se lamentaba. Lejos la demanda de su presencia para jugar, contar cuentos, susurrar canciones de cuna.

De esta forma se desahogaba y a mí se me encogía el corazón. Se sabía superflua. Lo había confirmado una tarde de domingo tras comer en casa de su hijo, sentada en el sofá al lado de su nieta de catorce años y más allá su nieto de dieciséis, los dos compitiendo desde sus móviles en un juego al parecer apasionante. “¿Puedo jugar con vosotros?”, sugirió, pobre ilusa, deseando recobrar tiempos ya huidos. Sí, pero no. Apenas un par de minutos de pantalla sesgada por parte de la niña, ninguna explicación, ¡no había que perder tiempo!… De nuevo era invisible, para ellos y también para su hijo, aplicado en su propio móvil.

La vuelta a casa, como otras veces, fue triste, moralmente sola, que es la peor soledad. El mal de amores es doloroso, y al igual que el amor, no concierne solo al sentimiento entre parejas. Amor y desamor abarcan todas las relaciones humanas, dejando especial huella, aunque a menudo se considere lo contrario, en este ocaso del tránsito a que se refiere Nietzsche.

Y he aquí lo que le dije en pro de ahuyentar su desconsuelo: Es como si no tuvieras vida propia. Creo que poco a poco has ido perdiéndola al entregarte totalmente a los demás. Dependes tanto de su cariño y consideración que su indiferencia te desmorona. Estás atada a ellos como la mujer que sin su amante no es nadie. Recupera tu propia persona, tu propia vida. Disfruta de nuevo de lo que antes te hacía sentir bien. Eres un ser humano, no un apéndice de otros.

Me escuchó cavilosa. Ignoro si estuve acertada y si ella ha echado por este camino, o al menos lo ha intentado. ¿Que por qué escribo esto? Tan solo para dejar constancia de una común deslealtad. No confío en influir para que cambien de actitud los adultos y los jóvenes que dejan de lado a abuelas como la mencionada. Ojalá fuera así. Por lo demás, ¿es lo relatado aplicable a los hombres? Por supuesto, si acaso han hecho el mismo papel que las abuelas.  



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