Dian Fossey // www.lacultiva.blogspot.com.es

Más de una vez, el respeto y el amor hacia los animales no humanos se ha pagado con la propia vida. Le ocurrió a la zoóloga Dian Fossey, asesinada el 26 de diciembre de 1985. Tenía entonces 53 años y desde hacía dos décadas había establecido su campamento en el parque Nacional de los Montes Virunga, en la República Democrática del Congo. Su objetivo era estudiar y salvaguardar a los gorilas de montaña, una especie en peligro cuya existencia y grave situación divulgó por medio de conferencias y publicaciones diversas, entre ellas, un libro llevado al cine. Gorilas en la Niebla fue un filme de éxito, como lo fueron sus investigaciones y su defensa de los primates, hasta caer víctima de los cazadores furtivos a los cuales se había enfrentado.

Hace tan solo ocho días, también el geógrafo, investigador y conservacionista Esmond Bradley Martin sucumbió en África. Apuñalado en la garganta, fue encontrado muerto en su casa de Nairobi. Estaba preparando uno de sus informes sobre el tráfico de marfil y de cuerno de rinoceronte destinados tanto a la propia África como al este asiático. Un espléndido y alborotado cabello blanco aureolaba su cabeza de 75 años, ofreciendo con ello una singular imagen hasta el último día de su vida. No se han hallado indicios de robo en su domicilio, lo cual induce a sospechar de un crimen relacionado con su activismo.

Sobrepasando estos dos nombres conocidos, muchas otras personas han muerto a causa de su defensa animalista. Se calcula que precisamente en el Parque Nacional de Virunga, donde estuvo trabajando Fossey, durante los últimos diez años más de 150 guardabosques han perecido por ataques de cazadores furtivos.

Elefantes y rinocerontes sacrificados en pro de los comerciantes ilegales y para satisfacer el capricho de gente que, en países como China o Vietnam, cree que los cuernos de rinoceronte curan el cáncer además de incrementar la potencia sexual. Ignorancia contra ciencia y racionalidad; lucro con el marfil o los cuernos contra el respeto hacia un ser vivo y contra la compasión ante su sufrimiento. Se trata de un “humanocentrismo” que Yuval Noah Harari describe muy bien cuando denuncia que “los organismos no humanos carecen de valor intrínseco, y existen tan solo para nuestro beneficio”.  Oponerse activamente a la explotación y al padecimiento de los animales no humanos continúa pagándose muy caro.

 

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