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Si nos imaginamos un mundo ideal, seguramente la mente nos lleve a una sociedad en la que la justicia, la paz y la solidaridad configuren el motor de toda acción humana de cualquier hombre y mujer. Pero probablemente no situemos esta comunidad en países de Oriente Medio o África; pero estaríamos equivocados/as, pues este pueblo existe en nuestra realidad cercana y además está liderado por mujeres.

El-Samaha o el Pueblo de las Mujeres es un pueblo situado en el sur de Egipto, en una zona desértica en la que el vecindario más próximo se encuentra a decenas de kilómetros. Todas las casas de una sola planta, que se levantan como si de un oasis se tratara, son llevadas por mujeres que en tiempos pasados sufrieron la pérdida de sus maridos, bien por la muerte o por un divorcio. El-Samaha fue levantado en 1998 por el Ministerio de Agricultura de Egipto y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas para poder ofrecer a las mujeres con bajos ingresos económicos unos recursos mínimos para su supervivencia y la de sus hijos e hijas. El primer año en que el gobierno ofreció las ayudas para impulsar su desarrollo, fueron 303 mujeres quienes hicieron su solicitud y se trasladaron finalmente para construir una nueva vida.

En este pueblo todas se cuidan entre ellas, se tienen en cuenta y se ayudan cuando lo necesitan. Como afirma Nazira Moustaga, vecina de El-Samaha, “la vida es mejor cuando estás con personas que se preocupan por ti”. Ella fue una de las primeras en llegar al poblado y en su recibimiento, las mujeres que ya habitaban le ofrecieron una casa, tierra, agua y una cabra, para poder subsistir. Debido al bajo número de mujeres que habitan en El-Samaha, el cuidado entre ellas es mayor, pues todas se conocen. De las 303 mujeres que iniciaron el proyecto, en la actualidad 230 mujeres ya tienen a sus hijos e hijas, así como también a los maridos de estas.

La libertad es la clave de este pueblo: si bien la entrada de hombre no está ni mucho menos prohibida, en este paraíso de igualdad las mujeres se siente libres de hacer lo que deseen –como, por ejemplo, jugar a fútbol-; se sienten capaces de tomar decisiones que impliquen a toda una comunidad –como liderarla desde una perspectiva de organización institucional-; y se sienten libres de abandonar el poblado siempre que vendan la casa y el ganado a otra mujer viuda o divorciada para que tenga una mínima fuente de ingresos en su nueva vida. El-Samaha se ha convertido, sin duda, en un pequeño oasis de libertad, igualdad y solidaridad entre todos y todas sus habitantes.

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