Estamos de enhorabuena. El feminismo se rearma intensificando la visibilización de sus denuncias e incorporando a la agenda política y social interesantes y necesarios debates. Al movimiento global contra el acoso sexual se unen otros asuntos que están permitiendo repensar incluso algunos de sus postulados anteriores. La prostitución y la trata de personas con fines de explotación sexual  vinculada a ella, ocupan de nuevo, y esta vez de manera especialmente crítica, un espacio destacado en los debates; los vientres de alquiler ponen el énfasis en los límites éticos de la ciencia y las leyes, recordándonos el concepto de interseccionalidad tan necesario en las Ciencias Sociales y en los Estudios de Género: si supone una cosificación de la mujer y una reducción de la misma a su función de paridora, serán las mujeres pobres las más susceptibles de padecer esta cosificación. Asimismo, volvemos a plantearnos qué tipo de liberación sexual implica la hipersexualización de mujeres y niñas en la moda, la publicidad o la producción cultural reduciéndolas exclusivamente a la de objeto de deseo “al servicio de”. Los debates feministas vuelven a remitirnos a profundas reflexiones sobre “qué es la persona” desde perspectivas políticas -entiéndase de poder- pero también metafísicas y éticas.

En este contexto se vuelve a hablar de la pornografía. Algunas investigaciones policiales y periodísticas han sacado a la luz su sórdida trastienda de drogas, violencia machista y trata de personas. En esta misma línea, el feminismo académico y el político y social, en su lucha contra la violencia hacia las mujeres, de nuevo orienta la mirada a las implicaciones socializadoras de la pornografía en los y las adolescentes y su vinculación con una sexualidad dominadora y agresiva.

Uno de los trabajos académicos más interesantes sobre la cuestión fue publicado en 2016 en la revista The Journal of Sex Research bajo el título Adolescents and Pornography: A Review of 20 Years of Research.  Se trata de una revisión de la investigación empírica sobre la prevalencia, los predictores y las implicaciones del uso de la pornografía por parte de los y las adolescentes. El texto pone de manifiesto la diversidad de metodologías empleadas en las distintas investigaciones, lo que dificulta extraer conclusiones comunes, y también evidencia los sesgos de estos trabajos (todos abordan la pornografía en relaciones heterosexuales, por ejemplo). Sin embargo, y a pesar de todo ello, aporta algunas evidencias interesantes. Veamos:

Los adolescentes usan la pornografía cada vez con más frecuencia – entre otras razones por la facilidad de acceso a ella a través de sus teléfonos móviles- y son los chicos quienes lo hacen en mayor medida. El uso de la pornografía se asocia con actitudes sexuales más permisivas y tiende a estar relacionado con creencias sexuales estereotipadas más fuertes. Asimismo, parece estar relacionado con el comportamiento sexual casual y con una mayor agresividad y agresión sexual, tanto en términos de perpetración como de victimización.

Este último aspecto adquiere una dimensión importante desde un punto de vista de la prevención de la violencia de género y es en él en donde ahora mismo se están centrado buena parte de los debates feministas sobre la pornografía. Tanto la investigación académica como el feminismo y los y las profesionales de la educación se preguntan hasta qué punto el modelo de sexualidad que refleja la pornografía basado en la dominación y cosificador de la mujer puede ser el adecuado primer acercamiento que muchos y muchas adolescentes tengan a su sexualidad; hasta qué punto el porno proporciona una imagen distorsionada del sexo; hasta qué punto puede establecerse una vinculación entre pornografía y algunas prácticas sexuales de alto riesgo como el sexting; en qué medida se avanza hacia masculinidades igualitarias cuando la pornografía parece ser el primer medio de acercamiento a la sexualidad de muchos varones; finalmente, en qué medida la pornografía contribuye al mantenimiento de una cultura de la violación y la violencia sexual, desfigurando la percepción de la realidad de los deseos de las mujeres.  

Difícil es el reto que tenemos, no solo porque nos etiquetarán de puritanos y puritanas, sino también porque, si la realidad es como la investigación nos apunta, nuestros adolescentes empiezan a consumir pornografía a partir de los 11 años y tenemos la responsabilidad de proporcionarles las herramientas necesarias para distinguir la realidad de la ficción, las relaciones saludables de las tóxicas, la diferencia entre una sexualidad placentera y respetuosa de una dominante y violenta. Es nuestra responsabilidad que chicos y chicas aprendan que en el sexo son dos personas las que deben decidir y que la coacción es una forma de violencia. Manos a la obra.

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