La automatización de ciertas profesiones es innegable y avanza cada vez más deprisa. Ante esta realidad se corre el riesgo de asociar innovación tecnológica a desempleo, generando un rechazo frontal a la introducción de maquinaria que mejoraría, además de los procesos de producción, la calidad de vida de las personas.

Según el estudio “Jobs Lost, Jobs Gained: Workforce transitions in a time of automation” de Mckinsey Global Institute, no se trata de una pérdida de empleos sino de una transformación global del mercado laboral. Esta transformación, al igual que las anteriores revoluciones industriales, generará cambios estructurales con creación de nuevos empleos y modificaciones en las condiciones laborales. Tal como afirma Guy Ryder, director de la Organización Internacional del Trabajo, permitirán a la tecnología “aplicarse de tal forma que nos ayude a alcanzar los objetivos sociales. Y no al revés: nuestras metas sociales no deben ajustarse a las aplicaciones tecnológicas.”

Una experiencia positiva que sirve como ejemplo lo encontramos en la provincia de Fayun, (Egipto) que ha encontrado en la revolución tecnológica una forma de crear empleo. Egipto no solo es uno de los países del mundo con una tasa de paro femenino mayor (24%), sino también con una mayor diferencia (15.6%) respecto al paro masculino.

En una empresa productora de manzanilla han introducido modificaciones tecnológicas en el proceso de secado de las cosechas añadiendo una secadora automática alimentada con energía solar. Esta automatización ha acelerado el proceso de producción, generando nuevos empleos para centenares de mujeres de la región. Como expone Om Said, empresaria de la zona, “Siempre hay personas que necesitan trabajo. Para ellas, es una fuente de subsistencia. Con las nuevas tecnologías, podemos producir más en menos tiempo. El proceso de secado ahora solo lleva dos días, lo cual acelera la producción.”

En esta misma línea avanzan también las investigaciones de las universidades, y en las mesas redondas de la Universidad de Harvard, el profesor de economía Richard Freeman lo tiene claro: “La gente, en general, tiene que ser la dueña de estas nuevas tecnologías: las ganancias y las recompensas deberían revertir en la colectividad.”

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