Desde tiempo inmemorial dentro del universo de la televisión, las telenovelas fueron consideradas un producto mediocre, adictivo y por encima de todo, encaminado a las mujeres, seres con un intelecto supuestamente menos desarrollado que el de los hombres.

"Los miserables" de Víctor Hugo

El culebrón de media tarde las mantenía, mantiene, pegadas a la tele hasta que el capítulo se acaba. Hasta este momento preciso no se salía, se sale, de casa para comprar o para cualquier otro menester. Esta es la imagen persistente adjudicada al producto y a sus consumidoras. Algo muy distinto son las Series, así, en mayúscula. De súbito, ha ocurrido que las telenovelas interesan también a los hombres, y por tal motivo han aumentado de categoría.

Las historias prolongadas a base de capítulos ya no son tenidas por infumables folletones, ahora se trata de producciones de culto. Hay más dinero invertido, hay actores y actrices cinematográficos que no hacen ascos a intervenir, hay premios, hay galas. Ya no son folletines, ya no incumben únicamente a amas de casa con estrechos horizontes. Ahora los hombres también se han convertido en adictos, esclarecidos adictos que prestigian el género televisivo. Estar pendiente de la serie de moda ya no resulta cutre sino “cool”.

Si no yerro, Víctor Hugo publicó “Los miserables” por entregas. Un folletín semanal que la gente, hombres y mujeres, a buen seguro más ellos que elles dado que estas sufrían en mayor grado el analfabetismo, corrían a comprar puntualmente. Ya sabemos, es una de las novelas más significativas del siglo XIX. Servida por capítulos, adictiva, apreciada por ellos y por ellas, a fin de cuentas, una serie. Excelente. Tal como se califica a las actuales, tan en boga, bendecidas ya no solo por las mujeres sino, y lo que es más determinante, por los hombres.

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