El acoso sexual en las aulas es un tema que está cobrando protagonismo entre las preocupaciones de las personas que forman las comunidades escolares. Cada vez más se promueven campañas para acabar con el acoso, posicionarse a favor de la víctima y dejar de normalizar situaciones de violencia entre nuestros alumnos y alumnas. Sin embargo, no hemos dejado de normalizar aún todo tipo de acosos en las escuelas. El caso de esta joven y la reacción de su madre, un ejemplo que se està convirtiendo en una historia viral, pone de manifiesto cómo el mundo de los adultos todavía no analiza los conflictos que surgen en las relaciones personales de los y las adolescentes desde la perspectiva de violencia de género. Para algunas personas, hablar en la escuela de agresiones sexuales puede resultar demasiado “fuerte”. Sin embargo, diversos estudios científicos nos advierten de que chicos y chicas están sufriendo estas agresiones por parte de sus iguales en centros escolares. Ante esta realidad tenemos la obligación de actuar.

Desde la perspectiva de socialización preventiva de la violencia de género se ha identificado que una de las claves que contribuyen a superar la violencia es abrir espacios de diálogo igualitario entre docentes, familias y alumnado, en los que aprender a distinguir los diversos tipos de violencia, dotando de entidad  a las agresiones sexuales para acotar el problema a tiempo y ponerle solución. Así sucede en las cada vez más escuelas que aplican el Modelo Dialógico de Prevención y Resolución de Conflictos (MDPRC). Que un chico estire del sujetador de una chica repetidamente hasta que lo desabrocha, a pesar de que ella le ha dicho que no repetidamente, es un caso de acoso sexual, no de una “simple” disputa de adolescentes. Los profesores y profesoras tenemos el deber de formarnos en una perspectiva de la violencia que incluya la violencia de género, para que no nos pase como al profesor del relato y le restemos importancia a una denuncia de agresión sexual de una de nuestras alumnas, culpabilizando además a la víctima que trataba de defenderse.

A pesar de que estas cuestiones no tienen la presencia que desearíamos en nuestro currículum oficial, los institutos podemos convertirnos en lugares donde aprender y generar relaciones igualitarias libres de violencia. Los aprendizajes adquiridos en las primeras relaciones de nuestros chicos y chicas influyen con gran fuerza en su vivencia posterior de la violencia (Gomez, 2004). Démosles pues ejemplos de que relacionarnos así es posible y deseable.

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