La malaria es una enfermedad que afecta principalmente a niños, niñas y mujeres embarazadas pertenecientes a los sectores más pobres de la sociedad. Un drama que viven muchas madres cuyos pequeños o pequeñas no resisten los síntomas de la enfermedad debido a las carencias nutricionales que presentan.

DFID_UK Department for International Development

Hambre y enfermedad dibujan un círculo casi cerrado dejando dentro una vez más a las mujeres, motor de cambio económico y social para superar uno de los principales males endémicos del siglo XXI.  Se trata de una enfermedad causada por un parásito del género Plasmodium cuya complejidad hace muy difícil encontrar tratamientos médicos eficaces y seguros. Según declaró en un comunicado de prensa reciente la Organización Mundial de la Salud (OMS), no hay suficiente colaboración nacional e internacional. En 2016 se invirtieron 2.700 millones de dólares cuando se estiman necesarios 6.500 millones anuales de aquí a 2020, si se quieren alcanzar los objetivos establecidos en la estrategia técnica mundial para 2030. Estamos en un momento decisivo. Si no se toman medidas urgentes ya mismo, nos arriesgamos a volver atrás y a no alcanzar las metas mundiales establecidas para 2020 y los años siguientes, advierte el Director General de la OMS. Hasta 2010 hubo un descenso del 25% de la mortalidad causada por malaria, pero ese mismo año cambió otra vez la tendencia y ha seguido aumentando desde entonces. Preocupa y mucho que sólo en países como Burundi, se hayan registrado desde 2015 19’7 millones de casos.

Desde los organismos que representan la voz de la comunidad científica internacional como MESA (The Malaria Eradication Scientific Alliance), insisten en que la mirada de las políticas debe ponerse en alcanzar la total erradicación de la enfermedad a través del desarrollo de nuevos fármacos y vacunas con el fin de evitar repuntes en el momento en que se relajan los esfuerzos o surgen nuevas crisis debido a otros factores como el cambio climático, prácticas agrícolas cambiantes o la inseguridad alimentaria que azotan siempre en mayor medida a las poblaciones más vulnerables: las personas pobres, las mujeres y la infancia. Mientras tanto, ONG como World Vision trabajan para dotar con paquetes alimentarios a las clínicas locales, además de centrarse en enseñar a las madres recetas de cocina más energéticas aprovechando los escasos recursos de los que disponen. Romper el círculo del hambre y la enfermedad es muy complicado, pero si se coordinan todos los esfuerzos desde las políticas internacionales, la ciencia y la sociedad civil, sí es posible.

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