Cuando hablamos de madres coraje emerge de nuestro imaginario un perfil de mujer brava, luchadora, con una dura historia de vida que, ante cualquier circunstancia, saca adelante a sus hijos e hijas sin doblegarse. ¿Pero qué sucede cuando su coraje avanza de la mano de la solidaridad? El resultado, o más bien el punto de partida, son experiencias compartidas que tienen como denominador común miedos, incertidumbres, pero a la vez esperanza. De este primer compartir se detectan necesidades, se plantean retos y empiezan a alzarse movimientos sociales solidarios liderados por madres valientes que luchan por causas comunes. Dos de los movimientos de madres más populares son las Abuelas de la Plaza de Mayo que luchan por encontrar a sus hijos/as y nietos/as tras la dictadura argentina y las madres que lucharon contra los narcotraficantes más influyentes del territorio gallego.

En la década de los 70, el miedo y el sufrimiento invadieron los corazones de las madres argentinas cuando en plena dictadura secuestraron a más de 30.000 jóvenes. Tras el golpe de estado de las Fuerzas Armadas en 1976, Argentina inició una etapa de terror dictatorial bajo el régimen militar autoproclamado “Proceso de Reorganización Nacional”. Hombres, bebés y mujeres, también mujeres embarazadas, fueron secuestrados y su paradero es aún, a día de hoy, desconocido. En 1977, 14 madres se reunieron en la Plaza de Mayo, Buenos Aires, portando un pañal de tela de su hijo o hija atado en la cabeza para reconocerse entre sí, sentadas en los bancos de la plaza y con agujas de coser entre manos para proteger su clandestinidad. En estas reuniones se organizaban para ir a juzgados de menores, orfanatos o para realizar un seguimiento de las adopciones de la época. Esta lucha se ha convertido 40 años después en un gran hito que aún hoy perdura y que mantiene su reto de “localizar y restituir a sus legítimas familias todos los niños desaparecidos” durante la dictadura.

Al otro lado del océano, nace en los 90 la asociación Érguete [contra la droga], fundada y liderada por todas aquellas madres que estaban perdiendo a sus hijos e hijas a causa del consumo de drogas. Madres de personas toxicómanas denunciaban públicamente a los narcotraficantes gallegos más poderosos gritando contra viento y marea sus nombres y apellidos, como el de Laureano Oubiña. Las madres de aquellas personas que entraban en el mundo de la droga, muchas de ellas para no salir, se manifestaban a cara descubierta ante los narcos rompiendo cualquier barrera de poder e influencia en el territorio. Galicia y sus madres lloraban al perder uno, dos, tres y hasta cuatro hijos de una misma familia por sobredosis o por sida. En su lucha también rompieron estereotipos relacionados con el consumo de drogas reivindicando que sus familiares tenían estudios, eran hijos e hijas de médicos y abogados/as, de pescadores/as o pintores/as, en definitiva, personas trabajadoras honradas muy alejadas de la marginalidad y que jamás creerían vivir esta pesadilla.

Las madres y abuelas que compartieron historias de vida narradas con el horror como telón se llenan de esperanza y lucha incansable cuando se crean lazos solidarios entre ellas y se convierten en movimientos sociales que aúnan a mujeres que luchan de manera altruista no sólo por proteger a “los suyos” sino por procurar un futuro mejor a las nuevas generaciones. Gracias a todas estas madres, las madres de todos y todas, que son fuente de inspiración de niñas, jóvenes y mujeres que creen posible un mundo más justo.

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