Hasta el 15 de diciembre, las personas que se acerquen al Gran Teatre del Liceu tienen la oportunidad de disfrutar de la ópera Tristan und Isolde, compuesta por Richard Wagner, considerada como una de sus óperas más importantes. La obra, compuesta entre 1857 y 1859, supuso un antes y un después en la música tonal, rompiendo con la armonía tradicional, y se convertiría en inspiración de muchos compositores y compositoras posteriores.

Tristan und Isolda // Wikicommons

La ópera, como todo lo que rompe con lo anterior, obtuvo reacciones tanto positivas como negativas: desde el enamoramiento de la compositora Alma Mahler-Werfel con la obra, sobre la que escribió en su diario que “solo existe una ópera en todo el mundo: mi Tristan”, hasta el desagrado y rechazo de la compositora Clara Schuman, en cuyas palabras la ópera fue lo más desagradable que había escuchado en su vida.

Una de las razones por las que esta ópera resultó tan revolucionaria y chocante a la vez es el uso que hace del leitmotiv, motivo o tema musical asociado a un objeto, personaje, argumento, etc. concreto que se repite a lo largo de la pieza, creando una melodía infinita. En su caso, ya el primer acto empieza con un motivo de la confesión de amor de los protagonistas, otro de su deseo, otro de su mirada… y se repite constantemente durante la ópera. Mientras en aquella época las personas estaban acostumbradas a escuchar una secuencia de acordes y sonoridades que se repetían y resolvían siempre de una forma determinada, Wagner rompió con esa secuencia, creando una melodía que parece que nunca termina, una tensión constante que nunca descansa.

Otra característica que diferencia esta obra de otras de la época es el gesamtkunstwerk, o la idea de obra de arte total. Para Wagner, todos los elementos de la ópera tienen la misma importancia, ninguna de las artes debe destacar sobre otra, sino que la obra es una convergencia de todas ellas. Por esto, el autor dedicó mucho tiempo y esfuerzo a cada elemento de la obra, desde los instrumentos o la voz a la escenografía. Es decir, toda la obra tiene que ser compacta y sin fisuras.

La dedicación y reflexión de Wagner acerca de la convergencia de todas las artes fue reflejada por primera vez en esta ópera, dejando huella en la historia de la música, y de la que todavía hoy podemos disfrutar.

 

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